La descendencia de J

La descendencia de J obra de teatro padre hijo cristiana
La descendencia de J obra de teatro padre hijo cristiana

Obra de teatro entre un padre y su hijo en la cual seguimos ambos marchan por un campo de muertos tomando la cosas de valor que se van encontrando, el pequeño no entiende por que tiene que hacer tarea tan sucia. Allí inicia una serie de preguntas del hijo al padre quien se va enredando cuando el chico empieza a cuestionar la ideología de su dios.

Titulo: La descendencia de J
Autor: Desconocido

Obra de 5 Personajes

  • Padre
  • Muchacho
  • Madre
  • Hermana
  • Bandido

Un campo devastado. La niebla a penas deja pasar la luz. Por aquí y por allá yacen algunos cadáveres. El padre y su muchacho caminan lentamente y examinan un primer cuerpo; toman lo que encuentran valioso y lo meten en un gran saco que cargan entre los dos.

– Muchacho: Padre… padre…

– Padre: ¿Y ahora qué quieres?

– Muchacho: Dígame, padre, ¿por qué hacemos esto?

– Padre: ¿A qué te refieres?

– Muchacho: Pues… usted sabe.

– Padre: Ah, mi muchacho, siempre tan curioso…

(Se dirigen al siguiente muerto y hacen lo mismo)

– Muchacho: Por favor, padre, dígame por qué.

– Padre: Ah, qué niño. Tan inquisitivo como su madre.

(El padre se dirige al siguiente muerto, pero el muchacho lo jala de la manga)

– Muchacho: Y le prometo que ya no le pregunto más cosas.

(El padre lo piensa)

– Padre: El hombre está en la Tierra para cumplir la voluntad de Dios.

– Muchacho: No, eso no.

– Padre: ¿Entonces?

– Muchacho: ¿Por qué venimos a este campo?

– Padre: Porque tenemos una labor que cumplir.

– Muchacho: Pero, padre, no me gusta nada este lugar, es tan triste y solo, a penas puedo ver unos muertos adelante, ¿qué tal si viene alguien?

– Padre: No, hijo, no viene nadie.

– Muchacho: ¿Seguro, padre, seguro? ¿Por qué no podemos estar en casa con mamá y comer estofado?

– Padre: ¿Ya tienes hambre? Mira, mira lo que hay aquí.

(Saca un pan, un cuchillo y parte el pan por en medio. Luego le corta la mano al muerto yla pone entre los panes)

– Muchacho: No, padre, no me gusta esa carne. ¿Por qué no podemos comer estofado de carnero, del que hace mamá?

– Padre: Tu madre se fue a la ciudad, ya sabes, a comprar una vaca.

– Muchacho: ¿Por fin tendremos leche?

– Padre: Sí, hijo, sí…

– Muchacho: Pero yo quiero estofado de carnero.

– Padre: ¿No te gusta lo que yo preparo?

– Muchacho: Sí, padre, sí, pero, ¿cuándo va a regresar mamá?

– Padre: La ciudad está muy lejos, lo sabes, y tu madre camina lento, lento, porque ya está grande. Aunque es muy buena para los negocios… sí, esa vieja… Ya verás que con la cosecha del lunes seguro compra una buena vaca. Y cuando regrese, ¡mira el saco!, se pondrá feliz por la cosecha de hoy.

– Muchacho: Ya quiero que regrese mamá.

– Padre: Lo hará si Dios quiere, muchacho, la ciudad está lejos y tu madre camina lento,lento.

– Muchacho: ¿Porque está vieja?

(El padre le suelta una bofetada)

– Padre: No le digas así a tu madre. Camina lento porque está grande…

(Van al siguiente muerto)

– Muchacho: Padre… padre…

– Padre: ¿Y ahora qué quieres?

– Muchacho: Dígame, padre, ¿por qué hay tantos muertos?

– Padre: El hombre debe morir, hijo, ésa es la voluntad de Dios.

– Muchacho: ¿Pero por qué tantos aquí juntos?

– Padre: Este lugar… la mayoría viene porque han obrado mal, hijo, le han faltado el respeto a Dios y Dios los ha castigado. Él conoce la maldad del hombre. (Pausa) Otros vienen porque están cansados, cansados, pero aquí pueden cambiar su vida por unas monedas y morir en paz.

(El muchacho se mete las manos a la bolsa)

– Padre: Pero no tienes de qué preocuparte, ya sabes lo que dice tu tío Sofar: “Si tu corazón es recto y tiendes las manos hacia Dios, si alejas la maldad que hay en tus manos, entonces no temerás y se te olvidarán tus penas”.

– Muchacho: “La vida amanecerá para ti más resplandeciente y la obscuridad se volverá mañana. Vivirás seguro, lleno de esperanza, serás protegido y te acostarás tranquilo”.

– Padre: Así es, hijo.

(El padre sigue con el muerto)

– Muchacho: Padre…

– Padre: ¿Sí?

– Muchacho: ¿También mamá va a morir?

– Padre: Sí, hijo, de regreso de la cuidad la podrían asaltar los bandidos y matarla.

– Muchacho: ¿De verdad?

– Padre: Mira, ¿te acuerdas de tu carnerito? ¿El que te regalamos cuando tenías diez?

– Muchacho: Sí.

– Padre: ¿Te acuerdas que lo querías mucho, mucho?

– Muchacho: Mucho, mucho.

– Padre: ¿Te acuerdas cómo eras feliz con él?

– Muchacho: Muy, muy feliz.

– Padre: ¿Y te acuerdas cómo se murió tu hermanita y luego desapareció el corderito?

– Muchacho: …

– Padre: Pero después comimos estofado y fuiste feliz. Y ya jamás te volviste a acordar de ninguno de los dos.

– Muchacho: Me acuerdo todos los días, padre.

– Padre: Hijo, uno debe seguir adelante y pensar que ellos están mejor. ¿O te gustaría que estuvieran en un lugar tan solo y triste como éste? ¿Te gustaría que vivieran en la misma casucha que nosotros y que salieran todos los días a vagar en este campo horrible?

– Muchacho: Me gustaría estar con ellos.Padre: Algún día, hijo, todos estaremos en paz.

(Va al siguiente muerto)

– Muchacho: Me duele aquí, padre.

– Padre: ¿Ya tienes hambre?

– Muchacho: No, no. Es un dolor más arriba, justo en la boca del estómago y de ahí se extiende. Duele mucho. (Cae de rodillas) Se me aprietan los músculos, padre, no puedo hacer nada más que pensar en el dolor. ¿Por qué me siento así?

– Padre: Se llama sufrimiento.

– Muchacho: ¿Y por qué sufro?

– Padre: Porque es la voluntad de Dios.

– Muchacho: Pero yo no he hecho nada malo, padre. Dice el tío Bildad que si soy puro y recto, Dios velará por mí, ¿por qué entonces me trata de esta forma? ¿Por qué me duele tanto el cuerpo? ¿Por qué tengo que levantarme temprano y venir a este horrible campo a hurgar entre los muertos? ¿Por qué tenemos que comer pan duro con carne de muerto? ¿Por qué no podemos estar en casa con mamá y mi hermana y comer estofado de carnero? Yo no he hecho nada.

– Padre: Nadie está libre de pecado ante los ojos de Dios, hijo, ni siquiera tú.

– Muchacho: No he hecho nada.

– Padre: (Le suelta otra bofetada) ¿Quieres decir que eres tan puro como Dios?

– Muchacho: …

– Padre: Nadie es tan puro como Dios, ni los ángeles.

(Silencio. El muchacho se recompone poco a poco. El padre continúa desvalijando el cadáver. Luego, el muchacho ayuda a su padre. Cuando terminan su trabajo, el padre le sonríe al hijo y el hijo asiente con la cabeza.)

– Muchacho: Entiendo, padre… No soy puro a los ojos de Dios y por eso merezco sufrir. (El padre asiente) Sin embargo…

– Padre: ¿Sí?

– Muchacho: También sé que si soy tan impuro como las personas que murieron aquí, seré castigado.

– Padre: Así es.

– Muchacho: Y si voy a sufrir por ser impuro o por no ser tan puro como Dios, y ya que Dios no me ha hecho para ser él mismo, ¿por qué he de vivir como me lo dicta? Si el justo y el injusto sufren por igual, e incluso hay injustos que sufren menos que los justos, ¿por qué tendría que acatarme a la ley de Dios? Si esta ley no puede protegerme, ¿por qué no he de ir en contra de ella y de Dios, quien me manda sufrir sin remedio? ¿Por qué no actuar según mi propio gusto o someterme al de otros que con su poder verdadero pueden librarme de esta situación miserable? ¿Por qué no luchar contra la voluntad de Dios, con fuerza o con astucia, de él que ahora triunfa y en exceso de felicidad ostenta la tiranía del destino de los hombres?

(El Padre, quien ha estado a punto de soltarle otra bofetada, se muestra finalmente sereno.)

– Padre: Si eres puro, muchacho, Dios te recompensará en el Cielo.

(Pausa)

– Muchacho: Quisiera estar en el cielo, padre.

– Padre: Ya, ya, cómete este pan. (Le da el pan con la mano de un muerto.)

– Muchacho: No gracias, no tengo hambre.

(Desvalijan al siguiente muerto. El muchacho se mueve muy lentamente, como sopesando cada acción; no parece tener ganas de seguir preguntando y, sin embargo, de pronto suelta su sentencia de forma determinante.)

– Muchacho: La vida sólo está hecha para sufrir. ¿Verdad, padre?

(Pausa)

– Padre: ¿No fuiste feliz con tu carnero?

– Muchacho: Muy, muy feliz.

– Padre: Recuerda entonces aquella felicidad y acepta tu sufrimiento.

(Pausa)

– Muchacho: Sí, padre.

(Entonces aparece un bandido)

– Bandido: ¡La vida o la bolsa, anciano!

– Padre: ¿La cosecha? Pero es lo único que tenemos.

– Muchacho: ¡Dale el saco, padre! ¿Quién va a cuidar de mamá si este hombre nos hace algo?

– Bandido: Tu madre está muerta, la asalté de camino para acá. Y ahora toma tú, anciano, para que te reúnas con ella.

– Padre: ¡No! ¡Con esa vieja no!

(El bandido lo apuñala, toma el saco y sale corriendo.)

– Muchacho: ¡Dios! Tú que me das un hogar y luego lo derribas con el viento o la tormenta,que me das el alma y también este cuerpo en mal estado, que colmas al hombre de fortuna y luego se la arrebatas, que nos das la vida y la compañía de otros hombres y luego nos dejas solo y enfermo, tú que todo circunscribe y nada lo circunscribe, ¿cómo he de replicarte?¿Con qué argumentos podría decirte que obras mal, que no eres justo? ¿Acaso mi razón pudiera equipararse a la tuya, acaso pudiera entender la totalidad de tus designios, tú que conoces la eternidad? (Pausa) Y, sin embargo, soy hombre y necesito una respuesta,Dios… Me someto a tu voluntad en espera de una respuesta.

(Silencio. De pronto, una luz intensa, bajo la cual aparecen uno a uno, el Padre, la Madre y la Hermana.)

– Muchacho: ¿Y mi carnerito?

– Madre: Eh… Al rato llega, hijo, pero trajimos estofado.

– Hermana: ¡Rico, rico!

(Todos se acercan hacia el muchacho y lo abrazan (de ser posible, globos y serpentinas salen de un carro que vuela a lo lejos). El Muchacho se muestra frío.)

– Padre: ¿Qué pasa, hijo? ¿No ves cómo al final Dios recompensa a los puros?

(Pausa)

– Muchacho: Padre, en este gesto yo no veo ni la justicia ni la bondad de Dios. Tan sólo la absoluta implacabilidad de sus medios.

Fin

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