La Mujer Infiel

La mujer infiel - Obra de teatro corta
La mujer infiel – Obra de teatro corta

Se trata de una historia trágica, donde un anciano se enamora de una mujer joven, viviendo un feliz romance, pero que al serle infiel la mujer, se venga de ella, llevándole con engaños al árbol de la tangarana, donde fue devorada por las hormigas rojas de la selva, inspirado en la leyenda selvática peruana «La tangarana».

Titulo de la obra: La Mujer Infiel
Autor: Segundo Vereau Bernardo

✅ Obra de 4 personajes

🎭 La Mujer Infiel

👫 Personajes:

  • Narrador
  • Mario (un anciano)
  • Marina (su amante)
  • Juanacho (el hijo de marina)

📢 ACTO I

Narrador: Era el tiempo de los caucheros en la selva y había mayor cantidad de hombres que de mujeres. Cierto día, Mario, un hombre selvático de avanzada edad, estaba pescando en un remanso y contempla a lo lejos del turbulento río, una pequeña canoa que bajaba, arrastrada por la corriente y oye la voz de una mujer que decía:

Marina: — ¡Auxilio! ¡Por favor ayúdenme!

Narrador: Mario supuso que se trataba de alguna mujer extranjera y la ley de la selva, es la del sálvese quien pueda. Recobra ánimo y rema hasta dar alcance a la canoa que llevaba a una mujer muy asustada, con su tierno hijo en brazos.

Mario: — ¿Qué haces en medio este bravo río? ¿Cómo te llamas?

Marina: — Soy Marina y mi hijo es Juanacho. Vengo huyendo de mi marido, que me maltrata y es cruel.

Mario: — ¡Qué pena! ¡Tú una mujer tan linda, tenga que sufrir y huir con su hijo! ¡Vamos a mi casa!

Narrador: Mario la conduce a su morada, donde le brinda albergue. La mujer cansada ingresa a la choza construida de cañas y de hojas de palmera.

Mario: — Coman esta miel de abeja silvestre y estos huevos de perdiz sancochados. (comieron y se quedaron dormidos).

Narrador: Marina al siguiente día se levanta muy temprano y empieza a arreglar la choza. Mario, la miraba desde los pies a la cabeza y sus ojos brillaban mirando su bello rostro y le encantaba oír su dulce voz, en medio de la ruidosa selva.

Mario: — Soy viejo y solitario. Me estoy enamorando de Marina. La necesito. He tenido varias decepciones. Espero que ella me acepte.

Narrador: Un día, cuando estaban solos, se acercó Mario a ella y la mujer le dijo:

Marina: — ¡Gracias por darme posada y alimento! No me has preguntado de dónde vengo y por eso te quiero.

Narrador: El corazón de Mario se aceleró. Cierra los ojos de felicidad y le responde:

Mario: — Estoy enamorado de ti, desde el primer día que te vi. Yo no puedo vivir sin ti.

Marina: — Yo te quiero un poco. Pero, con el tiempo te llegaré a amar más.

Mario: — ¡No te importa, si soy viejo!

Marina: — ¡Claro, el amor no tiene edad!

Narrador: Se le acerca él, la toma de la cintura y los amantes se besan y se abrazan. Pasó el tiempo y seguían muy enamorados y felices. El pequeño Juanacho le llamaba papá y Mario lo adoraba, incluso los vecinos creían que era su hijo. Marina en las fiestas del pueblo bailaba y bebía como si tuviera en el corazón algo sensible y doloroso, que trataba de desahogar.

Mario: —¡Hijito mío! ¡Vamos a pescar al río!

Juanacho: — ¡Ya papá! ¡Vamos!

Narrador: Una tarde, Mario regresa de la pesca con el niño, cargando una red de paiches, y no encontraron a Marina. Él se siente morir de tristeza. Ella se había marchado con otro hombre más alegre y adinerado de la zona.

Juanacho: — ¿Por qué lloras papá?

Mario: — No es nada.

Juanacho: — Extrañas a mi madre. ¿Verdad?

Mario: — ¡Claro! Si hemos vivido dos largos años.

Juanacho: — ¡Te quiero mucho papá! (se abrazan y lloran)

📢 ACTO II

Narrador: Pasó rápido un año aciago y cierta mañana estaba Mario con el triste rostro, tejiendo una canasta de mimbre, que los comerciantes le compraban para negociarlas en Iquitos. Inesperadamente, lo ve a Marina parada en el umbral de su puerta. Cree que era su alma, y ella le dice:

Marina: — ¡Vengo por mi hijo! ¡Le extraño mucho!

Mario: — ¡Entra nomás! ¡Aquí está tu hijo! Puedes llevarlo, si es tu hijo. (hace un gesto de indiferencia)

Narrador: Mario sigue tejiendo el mimbre con su afilada cuchilla. Al instante, Juanacho abraza de alegría a su madre. Mario con el corazón triste, la mira con odio y se le cruza una idea criminal.

Mario: — ¡Pareces cansada…! ¡Come algo!

Narrador: Marina algo cohibida termina de comer y después se acuesta en la cama de Mario como cuando le dio albergue al salvarla del río. Pero él no le había ofrecido su lecho.

Mario: — ¡Que se ha creído esa! ¡Se duerme en mi cama, sin pedir permiso! (habla despacio)

Narrador: Al verla dormida, Mario coge su cuchillo afilado y quería hundirlo en ese cuerpo que amó más que a su vida.

Mario: — No la mataré con mi cuchillo. Quiero verla llorar, sufrir y pedir piedad. Así como ella me hace sufrir.

Narrador: Al día siguiente, Marina despierta y no encuentra a Mario en su lecho junto a ella y se levanta decepcionada. Luego, lo ve en el patio mirando al río y se dirige hacia él y le pregunta:

Marina: — ¿No quieres saber donde estuve? y ¿ni con quién?

Mario: — ¡No quiero preguntarte nada! (le aparta su mirada)

Marina: — Estás igual de idiota. Yo creí que habías cambiado. Los hombres machos buscan a la mujer infiel para castigarla, después la perdonan y luego olvidan todo. ¿es que no te importo? ¿Ya no te gusto? Si te dolió, olvida. Yo soy la misma, a quien amaste…

Narrador: Mario se fue sin oírla, ella ya no significaba nada para él. Su hijo había partido temprano hacia la escuela rural y no regresaría hasta la tarde. Entonces, él se le acerca y le dice:

Mario: — Marina… ¡Sígueme por favor! He descubierto allá en la collpa una huangana. Vamos a cazarla…

Narrador: Mario creía que ella se negaría, pero confiada, se fue tras de él. Caminaron por un largo trecho de la orilla del río. Él dejó la lanza y se volvió hacia ella, con los brazos abiertos.

Marina: — ¡Oye Mario aún me sigues amando!

Narrador: En ese momento, Mario portaba una cuerda, con el que la ató rápido las manos.

Marina: — ¿Qué me haces?

Mario: — ¡Vamos a jugar amor mío! Te ataré a este árbol y te llenaré de besos.

Narrador: Ella se dejó atar, sin resistirse, pensado que él, le seguía amando. Luego, su mirada se fijó en las ramas de la tangarana, con miles de hormigas rojizas y sus pupilas se dilataron de terror.

Mujer: — Me tienes amarrada en el árbol de la tangarana… donde los hombres desalmados matan a la mujer infiel… (pone su rostro pálido).

Narrador: Él se tapa los ojos para no verla y huye para no oír sus gritos. Solo piensa en vengarse de ella. Pero, se detuvo detrás de un roble. A lo lejos, ella daba fuertes gritos:

Marina: — ¡Suéltame por favor! ¡No quiero morir!

Narrador: Marina lloraba, mientras las voraces hormigas la cubrían por completo. Y llorando a Mario, le suplicaba:

Mujer: — ¡Perdóname Mario! ¡Déjame vivir!

Narrador: Mario tuvo pena. Avanza para soltarla de sus ligaduras, toca su tembloroso cuerpo, pero se contuvo.

Mario: — Te voy a castigar por ser infiel. Yo te amaba. Pero me has hecho sufrir. Ahora vas a sufrir tú.

Marina: — ¡Perdóname, Mario! Yo no quise jugar con tus sentimientos.

Narrador: Mario, se toca la cabeza confundido y se oculta de nuevo detrás del roble, por media hora. Un poco más tranquilo, recuerda los momentos felices con Marina. No pudo más y corre a buscarla, diciendo:

Mario: — ¡No…! ¡Maldita sea! ¡Qué he hecho! (llorando)

Narrador: Cuando llega al árbol, ya era tarde. Encuentra el deforme cuerpo, devorado por las hormigas.

Mario: — ¡No! ¡No quise matarte! ¡Solo quise asustarte por infiel! ¡No soy un criminal!

Narrador: Mario desata el cadáver llorando y lo aleja del árbol. Luego, enloquecido por la muerte huye, chocando contra una rama y cae desmayado. Ese accidente le salvó de la locura. Ya por la tarde, Mario se levanta rápido, con algunas hormigas entre sus brazos y con las picaduras rojizas, que le hacen sentir escozor.

Mario: — ¡Tengo que enterrar el cadáver, en medio del bosque! ¡Nadie debe saber lo que pasó!

Narrador: La busca a Marina hasta llegar al árbol de la tangarana y no encontró nada. Las hormigas habían consumido todo el femenil cadáver.

Mario: — Ahora, tengo que huir de la justicia y de ella, que me atormenta.

Narrador: Mario, con las manos en la cabeza se fue corriendo a su cabaña, cogió una mochila. Salió cogiendo de la mano del niño y remó en su balsa por el río Amazonas. Después de dos días de viaje, el niño murió de hambre y lo arrojó al río, donde fue devorado por las pirañas. Mario, dejó de remar su balsa en una zona distante y ya en la orilla, se marchó con dirección a la jungla, donde murió devorado por un jaguar. La ley de la selva hizo justicia.

FIN

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